
Sin embargo, trasladar este lema a la realidad de la Argentina nos exige un baño de realidad y, sobre todo, de responsabilidad política. Porque la invitación a co-crear el futuro se vuelve una frase vacía si el Estado no garantiza primero el piso de dignidad sobre el cual se construye ese diálogo.
No podemos pedirles a nuestros estudiantes que innoven o que lideren el cambio si antes no resolvemos las deudas estructurales que condicionan su presente. La verdadera libertad de "co-crear" empieza cuando un niño o una niña, nazca donde nazca, tiene garantizado el acceso a una escuela de calidad, a un plato de comida y a la conectividad necesaria para no quedarse afuera del mundo.
Hoy, la brecha ya no es solo de acceso a la lectura y escritura; es una brecha tecnológica. En la era de la Inteligencia Artificial, el analfabetismo digital es la nueva cara de la exclusión. Por eso, el resguardo del presupuesto educativo no es un debate contable, es una defensa irrestricta de nuestra soberanía intelectual. Defender la inversión en ciencia, tecnología y educación universitaria es la única herramienta real que tenemos para achicar esa distancia y permitir que el talento de nuestros barrios compita de igual a igual en el escenario global.
Y aquí es donde elijo pararme desde el optimismo y el orgullo nacional. A pesar de las dificultades, Argentina cuenta con una ventaja competitiva extraordinaria: su capital humano.
Tenemos una tradición de educación pública que es orgullo en el mundo. Tenemos a la Universidad de Buenos Aires (UBA), reconocida sistemáticamente como una de las mejores de Iberoamérica, formando profesionales que brillan en todas las latitudes. Tenemos una "materia prima" invaluable en la creatividad, la resiliencia y la capacidad de adaptación de nuestra juventud. Argentina es tierra de unicornios tecnológicos, de científicos de renombre y de artistas de vanguardia que salieron, en su inmensa mayoría, de nuestras aulas públicas.
Ese potencial está intacto. El talento argentino es nuestra mayor riqueza, mucho más perenne que cualquier recurso natural. Pero el talento, por sí solo, no alcanza si no hay un proyecto de país que lo contenga y lo potencie.
Co-crear la educación, entonces, significa asumir el compromiso de no soltarles la mano. Significa defender la universidad pública, gratuita y de calidad como el gran igualador social que forjó nuestra clase media. Significa entender que cada peso puesto en educación es una inversión en seguridad, en desarrollo y en paz social.
El futuro no es algo que nos espera; es algo que estamos construyendo ahora. Si les damos las herramientas, si cuidamos los cimientos y defendemos lo nuestro, no tengo dudas de que nuestros jóvenes no solo van a co-crear la educación, van a construir el país que nos merecemos.