
En estos tiempos oscuros, Jauretche sigue iluminando nuestro presente con la claridad y simpleza que caracterizó su pensamiento y militancia. Porque hablaba para que lo entendieran. Por eso hoy, sus palabras nos alertan de manera rotunda, frente a una entrega que nos indigna.
Arturo Jauretche no fue solo un intelectual; fue un militante del sentido común nacional, alguien que dedicó su vida a combatir la resignación, la dependencia y esa idea tan peligrosa de que los argentinos tenemos que copiar lo que otros hacen para poder desarrollarnos.
Jauretche denunció la colonización pedagógica, esa forma silenciosa de dominación que nos convence de que lo nuestro no sirve, de que lo ajeno siempre es mejor, de que el progreso viene desde afuera y nunca desde la fuerza creativa de nuestro propio pueblo.
Jauretche decía que la verdadera disputa no era entre peronistas y antiperonistas, ni entre izquierdas o derechas, sino entre el país real, el que trabaja, produce y sueña, y el país colonial, que se arrodilla ante intereses que no son los de nuestra gente.
En estos días atravesamos un momento en el que las decisiones estratégicas del país se subordinan casi automáticamente a los intereses de Estados Unidos y de los organismos financieros internacionales. Se puede observar en la intervención financiera, en el acuerdo alcanzado recientemente, o en la sumisión frente a voracidad con la que se precipitan sobrenuestras riquezas.
Sin embargo, quieren convencernos de que la apertura irrestricta, la desregulación total y la entrega de nuestros recursos, son la única puerta hacia el desarrollo. A eso le llaman libertad. Se nos dice, desde un discurso único, que no tenemos alternativa. Que los argentinos no estamos a la altura de nuestro propio destino.
Eso, precisamente, es lo que Jauretche definió como colonización pedagógica.
Cuando un país deja de pensarse desde sí mismo, desde su identidad y sus necesidades, y empieza a pensar desde el punto de vista de las potencias, pierde su soberanía, pero también pierde su autoestima colectiva. Y eso, es mucho más grave que un problema económico: es un problema de dignidad.
Porque no hay libertad posible en un país que renuncia a decidir por sí mismo. No hay progreso posible cuando se entregan nuestros recursos estratégicos. No hay futuro cuando se entrega la conducción económica a quienes jamás caminaron una calle de tierra, jamás pisaron una fábrica nacional, jamás sintieron en el cuerpo el esfuerzo diario del pueblo argentino.
Jauretche nos enseñó que la grandeza de la Nación no nace de las recetas importadas, sino de la capacidad de su pueblo para organizarse, pensar, crear y construir a partir de lo propio. Nos recordó que los países que avanzan son los que se animan a defender sus intereses, aun cuando eso incomode a los poderosos.
Por eso hoy reivindicamos su pensamiento:
Porque no aceptamos que la Argentina vuelva a ser colonia de nadie.
Porque creemos en el trabajo argentino, en la industria nacional, en la ciencia y la tecnología que nosotros mismos somos capaces de generar y controlar.
Porque sabemos que las decisiones que importan deben tomarse acá, con ojos y corazón argentino.
Y porque queremos una Argentina que se ponga de pie desde su pueblo, no una que viva de rodillas esperando la bendición externa.
Volver a Jauretche es volver a lo mejor de nuestra conciencia nacional.
Es recuperar la audacia.
Es animarnos a creer de nuevo en la capacidad de este pueblo.
Es recordar que la Patria es grande cuando se gobierna para su gente, no cuando se obedece a intereses ajenos.
Pensemos en grande.
Defendamos lo nuestro.
Construyamos un país soberano, justo y orgullosamente argentino.